Capítulo 23
Una semana en Roa fue suficiente para establecer una rutina… o algo parecido.
Las mañanas eran para el entrenamiento con Ghislaine, donde su paciencia y sus correcciones constantes me empujaban a mejorar postura, fuerza y técnica. No había día en que no acabara con la espalda empapada y las piernas protestando.
Eris, por su parte, había ganado resistencia y velocidad, pero seguía atacando como si todo se resolviera con fuerza bruta. Ghislaine la corregía con la misma firmeza que a mí, aunque con menos éxito.
Por las tardes, intentábamos algo mucho más complicado: que Eris y Ghislaine aprendieran matemáticas básicas. Y por “complicado” me refiero a que era como intentar convencer a dos huracanes de que soplaran en línea recta.
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Decidí que la única manera de que se tomaran en serio los números era disfrazarlos de juego. Así que extendí una manta sobre el suelo, coloqué varias piedritas pulidas —nuestras “monedas”— y anuncié:
—Hoy vamos a aprender cálculo rápido con apuestas.
Eris se enderezó como si acabara de escuchar la palabra “combate”.
—¿Apuestas? Estoy dentro.
Ghislaine frunció el ceño, pero se sentó frente a la manta, como si estuviera evaluando si esto era una prueba de disciplina o una trampa.
—Cada una empieza con diez monedas —continué—. Yo haré preguntas y, si aciertan, ganan más. Si fallan, pierden. La que más tenga al final, gana.
—¿Qué gano? —preguntó Eris, alzando la barbilla.
—La satisfacción de no perder —respondí, y vi cómo sus cejas se fruncían de determinación.
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Primera ronda:
—Compran una espada que cuesta tres monedas. Tienen diez. ¿Cuánto sobra?
Eris levantó la mano como si fuera a golpearme.
—¡Siete!
—Correcto —dije, dándole una piedra extra.
Ghislaine la miró de reojo, como si de pronto considerara a la niña una rival seria.
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Segunda ronda:
El problema era más largo:
—Compran un arco que cuesta cuatro monedas y luego un carcaj por dos más. ¿Cuánto les sobra de diez?
Mientras ambas pensaban, algo se movió en mi hombro. Max bajó al suelo, se acercó a las piedras y, con la cola, empujó cuatro hacia un lado, luego dos hacia otro, y dejó el resto en el centro.
Me quedé mirándolo.
—¿En serio?
Ghislaine parpadeó dos veces, lenta, como si su cerebro estuviera intentando procesar la escena.
—¿El lagarto… acaba de responder?
Eris lo miró como si Max hubiera insultado a toda su familia.
—¡Eso no cuenta!
Le di a Max una piedrita brillante como premio. Él la sostuvo orgulloso entre los dientes y volvió a mi hombro, inflando el pecho como si acabara de conquistar una ciudad.
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A partir de ahí, la competencia cambió. Ya no era solo entre ellas dos: ahora tenían que ganarle a Max.
Tercera ronda:
Max volvió a adelantarse. Empujó las piedras tan rápido que Eris se tiró hacia adelante, intentando “robarle” la respuesta.
—¡No pienso perder contra un lagarto! —gritó.
—Demasiado tarde —dije, mientras Max golpeaba el suelo con la cola, celebrando su victoria.
Esta vez, Ghislaine soltó una risa breve y contenida, pero sus orejas se movieron con un tic de diversión mal disimulada.
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Nuevo juego: "El mercado rápido"
Para animar más la cosa, propuse algo distinto:
—Ahora vamos a jugar al mercado. Yo diré qué productos “compran” y cuánto cuestan. Deben calcular cuánto gastan y cuánto les queda antes de que termine de hablar.
En la primera ronda, Ghislaine se inclinó hacia adelante, concentrada como si estuviera en combate. Compró una capa por cinco monedas y unas botas por tres. Eris murmuró “dos” antes de que terminara la frase… pero Max ya estaba junto a las piedras, dejando dos en el centro.
La cara de Ghislaine fue un poema: frunció los labios, exhaló por la nariz y dijo en tono seco:
—Esto no es un combate justo.
Eris, indignada, se volvió hacia mí.
—¡Está haciendo trampa!
—No, solo es más rápido —dije, viendo cómo Max adoptaba una postura altiva sobre la manta, como un general presumiendo de sus tropas.
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Última ronda:
La tensión era real. Eris estaba inclinada hacia adelante como un gato listo para saltar. Ghislaine apretaba las manos sobre las rodillas. Max, inmóvil, observaba a ambas.
Dije el problema, y los tres se lanzaron a mover piedras. Al final, Max y Ghislaine terminaron al mismo tiempo.
—Empate —dije, y por primera vez vi a Ghislaine sonreír abiertamente, como si en serio se sintiera orgullosa de haber igualado a un lagarto.
Para cuando terminamos, Max había ganado dos de las cinco rondas, Ghislaine dos, y Eris una. Pero esta última levantó el dedo como si estuviera jurando ante un tribunal:
—La próxima vez lo venceré… aunque tenga que aprender todas las cuentas del mundo.
Yo solo sonreí. Lo curioso era que, por primera vez, parecía dispuesta a esforzarse de verdad.
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La mañana siguiente, después de un breve repaso con Ghislaine, Eris apareció con los brazos cruzados y una expresión seria que rara vez usaba.
—Hoy no quiero aprender espadas —dijo—. Quiero aprender algo… útil.
—¿Y qué tienes en mente? —pregunté.
—Magia de sanación —respondió sin dudar—. Así, si te lastimas, puedo curarte.
No estaba seguro de si lo decía por cuidado o porque quería tener carta blanca para golpearme en los entrenamientos sin sentir culpa. Aun así, acepté.
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Magia de sanación básica.
Nos sentamos en un rincón del patio. Le expliqué los principios:
—Imagina que tu maná es agua, fluyendo hacia tus manos. El calor que sientes es la energía reparando el daño.
Hice un pequeño rasguño en mi brazo con un cuchillo de entrenamiento, lo suficiente para que sangrara un poco.
—Ahora, concéntrate aquí.
Eris puso las manos sobre la herida y cantó el hechizo hasta que finalmente funcionó. Luego había que lograrlo sin encantamientos. Al principio, nada. Luego de unas horas de repetirel proceso, descansar y probar diferentes maneras, un parpadeo de luz verde apareció y se desvaneció.
—Otra vez —ordenó ella misma, apretando los dientes.
Tras varios intentos, la luz se volvió más constante. Sentí un cosquilleo, y el corte comenzó a cerrarse hasta desaparecer.
—¡Lo logré! —exclamó, saltando como si hubiera ganado una batalla.
—Sí… pero no lo uses como excusa para pelear más.
Eris sonrió como si no hubiera escuchado nada.
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Las tardes la dedicamos a algo… menos productivo.
Todo empezó cuando Eris me retó a ver quién lograba más reacciones en el personal de la mansión sin que Ghislaine se enterara.
Primero, escondimos una bandeja de plata importante. El mayordomo la buscó durante media hora antes de que yo, “casualmente”, se la entregara con cara de inocente, como si la hubiera encontrado abandonada en el pasillo.
Luego, Eris convenció a un guardia de que Sauros lo había llamado urgentemente. El pobre hombre corrió hasta la sala principal, solo para encontrar a Sauros roncando en un sillón.
—Eso cuenta como dos puntos para mí —dijo Eris.
—No, cuenta como uno… pero creativo —respondí.
Max, que nos seguía de cerca, parecía disfrutar del caos. En un momento, se metió en la despensa y salió con una servilleta enrollada en el hocico, como si también quisiera aportar a la confusión.
Decidimos subir la dificultad. Eris sugirió “la operación del jarrón” —poner un cojín en la parte superior de una puerta para que cayera justo cuando alguien entrara—, pero yo lo modifiqué: en lugar de un cojín, usamos una bolsa llena de plumas que uno de los sirvientes estaba aireando. La víctima fue un joven mozo que terminó cubierto de plumas de pies a cabeza.
—Pareces un pollo gigante —dijo Eris, aguantando la risa.
—Más bien un pollo triste —añadí yo.
En otra jugada, intercambiamos las etiquetas de dos botellas de vino en la bodega. El mayordomo casi sirve el más caro en la comida del personal y el más barato en la cena formal… hasta que alguien notó la diferencia por el olor.
La mejor, sin embargo, fue una improvisación de Eris: en la galería principal había una armadura decorativa. Entre los dos, aflojamos las piezas lo suficiente como para que tintineara cada vez que alguien pasaba cerca. No pasó ni un minuto antes de que un par de criadas salieran corriendo, murmurando algo sobre fantasmas.
Entre risa y risa, me di cuenta de que no solo competíamos: nos cubríamos las espaldas. Cuando un sirviente casi nos descubre en plena maniobra, Eris se adelantó y lo distrajo con una pregunta absurda sobre dónde guardaban “el pastel secreto del abuelo Sauros”, dándome tiempo para esconder a Max, que estaba a punto de morder un mantel.
—Somos un buen equipo —dijo ella después, mientras nos escondíamos en un rincón del jardín.
—Más que eso —respondí—. Somos socios… en crimen.
Eris sonrió de oreja a oreja, con ese brillo en los ojos que no dejaba lugar a dudas: si alguien intentaba separarnos en ese momento, probablemente saldría herido… o incendiado.
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No estaba en mis planes terminar la tarde escuchando una reunión de nobles, pero Sauros me encontró en el pasillo y me dijo que “ven, muchacho, quizás aprendas algo”.
Me llevó a un salón con una mesa ovalada. Allí ya estaban Philip, Roderick, mi madre y… Hilda.
Era la primera vez que veía a Hilda en un entorno formal. Su expresión era fría y calculadora, la voz precisa, cada palabra medida para dejar claro que no estaba allí solo por cortesía.
—La tensión en la capital aumenta —decía Philip—. Hay rumores de que algunas facciones nobles quieren mover piezas antes de que la princesa Ariel cumpla diez años.
—Cinco años no es tanto tiempo en política —intervino Roderick—. Si no hay un plan sólido ahora, otros lo tendrán por nosotros.
—Y no olvidemos los movimientos en las fronteras —añadió Aelinne—. El comercio en Fittoa podría verse afectado si los conflictos se expanden.
Hilda apoyó las manos sobre la mesa.
—Lo que debemos asegurar es la estabilidad interna. Un reino dividido es un reino débil. Fittoa necesita mostrar unidad ante Ashura y ante sus propios rivales.
Sauros, con su tono más directo, resumió:
—En otras palabras, todos nos callamos, sonreímos y mantenemos la espada afilada por si alguien se atreve a probar suerte.
No entendía todos los matices, pero capté lo esencial: había tensión en el aire, y no solo en Roa.
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Después de la reunión
Cuando salimos, Hilda me dedicó una mirada breve.
—Eres observador para tu edad. Eso puede ser una virtud… o un problema.
No supe si era un consejo o una advertencia, así que solo asentí.
Antes de que pudiera pensar más en ello, escuché la voz de Eris al fondo del pasillo.
—¡Alerion! ¡Ven rápido! Tengo una idea para un nuevo juego.
Max saltó de mi hombro y corrió hacia ella como si supiera que la palabra “juego” significaba problemas interesantes.
Suspiré y la seguí. Después de una semana en Roa, estaba empezando a entender que aquí la calma duraba lo que tardaba Eris en pensar algo nuevo.
Y, de alguna manera, me gustaba.
