Capítulo 38
Papá llegó un par de días después, oliendo a polvo de carretera, cuero y ese perfume caro que siempre usa para reuniones importantes. Apenas cruzó la puerta, se detuvo, miró a mamá, luego a mí… y por último a los tres “invitados” que estaban sentados en la mesa como si fueran parte de la familia.
—A ver si entiendo —dijo papá, con una sonrisa lenta—. Tú —señaló a mamá—, capitana de la guardia, ¿trabajando codo a codo con ellos?
Thrain tosió como si intentara tapar una carcajada. Rauven se cruzó de brazos, fingiendo que no entendía de qué hablaba. Syrrash, el demonio, solo se sirvió más té como si estuviera en un salón de nobles.
—No sé de qué hablas —respondió mamá, con una expresión tan convincente que si yo no hubiera estado allí, hasta yo lo creería.
—¿No? —Papá ladeó la cabeza—. Porque si mi hijo no hubiera estado metido en esto, juraría que eres inocente.
—Qué gracioso, Zakhal —contestó ella, sonriendo sin mostrar los dientes—. ¿Quieres quedarte a cenar o vas a seguir inventando historias?
Thrain levantó la mano, mirando a Rauven y Syrrash.
—¿Esto es una trampa? Porque huele como una trampa.
—Sí… pero de las buenas —murmuró Rauven, como si analizara un contrato que le conviene.
Syrrash, por su parte, la miró a mamá de reojo.
—Si esto fuera una trampa, no nos habría dejado tomar té gratis.
—Oh, no es gratis —dijo mamá, todavía sonriendo—. Se lo descontaré de la condena.
Los tres se quedaron en silencio. Yo casi me atraganto con el agua.
—¿Condena? —preguntó Thrain, serio.
—Sí, por… vamos a decir… colaboración con la justicia. —Mamá se apoyó en la mesa—. Un par de semanas de trabajos comunitarios, nada grave.
—Eso suena como arresto con otro nombre —dijo Rauven, frunciendo el ceño.
—Es arresto con otro nombre —le aclaré yo.
—Pero como son amigos de Zakhal, tendrán un trato especial —añadió mamá.
Papá soltó una carcajada.
—Trato especial… esa es la forma elegante de decir que te caen bien.
—No es que me caigan bien —corrigió ella—. Es que me caen menos mal que otros delincuentes. Al menos ellos conocen los límites.
Thrain asintió, como si fuera un cumplido. Rauven sonrió, mostrando los colmillos. Syrrash levantó su taza en señal de brindis silencioso.
En ese momento, yo pensé que era impresionante cómo mamá podía pasar de capitana estricta a actriz convincente en cuestión de segundos… y lo más gracioso es que todos en la sala sabíamos que si ella quisiera, podría arrestarlos de verdad y meterlos bajo llave por meses. Pero no lo hacía. Porque, de alguna forma, todos aquí éramos parte del mismo desastre.
Cuando por fin los “invitados” se fueron —no sin antes llevarse un par de bollos que mamá muy amablemente les “regaló”—, papá me llamó a su despacho. Mamá ya estaba allí, sentada con los brazos cruzados.
—Así que… —empezó él, con esa voz de “cuéntenme todo o lo averiguo yo”—, ¿me van a decir qué pasó en realidad, la versión larga?
Mamá me miró como diciendo empieza tú. Así que conté desde la visita de Roderick hasta la noche en que lo seguimos, el mensajero sospechoso, la carta y el interrogatorio.
Cuando saqué la carta y la puse sobre la mesa, papá la leyó con la calma de alguien que está clasificando un problema entre “molesto” y “peligroso”. Por su cara, aterrizó directo en “muy peligroso”.
—Esto no es cualquier chisme —dijo, dejando el papel—. Aquí hablan de ti, Alerion… como si fueras un problema que hay que eliminar antes de que crezcas demasiado.
No me sorprendió, pero igual sentí ese hueco incómodo en el estómago.
—También hablan de mí —añadió mamá, señalando un párrafo—. No les gusta mi “popularidad” ni mi “carácter de santa”. Qué halago, ¿no?
—No es halago, es advertencia —dijo papá—. Y lo que más me preocupa… es que Roderick sabrá que faltan estas cartas. Cuando vuelva, lo primero que hará será buscar al culpable.
—Entonces tenemos que adelantarnos —dijo mamá, directa—.
Papá asintió, pero me miró a mí antes de hablar.
—Esto es serio, Alerion. Muy serio. Si vamos a actuar, no hay margen de error.
Guardó silencio un momento, como si estuviera midiendo cada palabra.
—Aelinne, creo que es hora de “encargarnos” de Roderick.
No lo dijo con rabia. Lo dijo como si estuviera hablando de mover una pieza en un tablero de ajedrez. Preciso. Calculado.
Mamá soltó un suspiro.
—Lo imaginaba… —y luego me miró—. No me gusta gusta, pero esto es o él, o nosotros.
Yo ya lo sabía. No era la primera vez que entendía lo que significaba proteger a la familia.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —pregunté.
—Según el tiempo que toma ir y venir en carruaje, unas tres semanas aproximadamente —respondió papá—.
El plan empezó a tomar forma en esa misma mesa. La idea era simple: esperar su regreso, pero interceptarlo lejos de la ciudad, donde no pudiera levantar sospechas sobre nosotros. Mientras tanto, todo debía parecer normal.
Mamá mantendría la guardia y el orden en la ciudad como si nada pasara. Papá y yo prepararíamos el terreno para la emboscada. Y hasta que llegara el momento… tocaría vivir tres semanas con una calma fingida.
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Las tres semanas pasaron más rápido de lo que pensé… o tal vez fue que intenté no pensarlo demasiado.
En la ciudad todo parecía normal. Mamá iba y venía con su uniforme impecable, controlando la guardia como siempre. En público no mostraba ni una pizca de nervios, pero yo la conocía: cada vez que pasaba lista o revisaba un informe, lo hacía con más atención de lo normal, como si esperara encontrar el primer indicio de que Roderick ya estaba cerca.
Yo me mantuve ocupado para no darle vueltas al asunto. Entrenaba por las mañanas, hacía algunas misiones simples del gremio y practicaba mis experimentos de "salto" por las tardes. La mayoría de los objetos de prueba… bueno, o aparecían a medio metro, o desaparecían para siempre. Una vez logré que un pan diera un salto limpio a un metro exacto… pero le faltaba un pedazo. Todavía no sé dónde quedó.
Papá se ocupaba de preparar el punto de emboscada. A veces lo acompañaba a “revisar rutas comerciales”, lo que en realidad era elegir el tramo más aislado y fácil de cerrar del camino por el que Roderick debía pasar. Hicimos un par de viajes discretos para llevar suministros y montar un campamento pequeño. Nada que llamara la atención si alguien lo veía.
Max, como siempre, parecía entender más de lo que mostraba. Varias veces lo encontré sentado en la ventana, mirando hacia el camino principal como si estuviera calculando el momento exacto de la llegada de Roderick.
Los días pasaron y la tensión era como un hilo invisible que ninguno de nosotros quería tocar. Hasta que, a dos días de que se cumpliera la tercera semana, uno de los contactos de papá llegó sin previo aviso.
—Está en camino —dijo, apenas cruzó la puerta—. Lo vi en la última posta, viajando con un carruaje cerrado y cuatro guardias.
Nadie dijo nada por un momento. Mamá asintió despacio, como si esa confirmación activara un reloj invisible.
—Entonces es hora —dijo—. Yo mantendré la ciudad tranquila… ustedes dos, encárguense del resto.
Esa misma tarde salimos hacia el campamento. El viento en el camino era frío y seco, y aunque intenté distraerme pensando en cualquier otra cosa, sabía lo que significaba ese viaje.
Dos días acampando, esperando, ajustando cada detalle… y entonces, en la tarde del segundo día, lo vimos.
Un carruaje oscuro avanzaba por el camino, flanqueado por cuatro jinetes. El emblema de Roderick brillaba en el costado bajo la luz del sol.
Respiré hondo.
No era la primera vez que me enfrentaba a algo así… pero se sentíadiferente cuandoera yo quien daba el primer paso.
O Roderick… o nosotros.
Y no tenía dudas de la respuesta.
