Capítulo 37 - Cambio de planes
El día amanecía tranquilo… demasiado tranquilo. Estaba en el salón con Max, revisando un esquema de magia de salto que había dibujado la noche anterior, cuando los pasos firmes de Mela resonaron por el pasillo. No necesitó anunciar nada; el timbre en la puerta ya decía que la paz se había acabado.
—El señor Roderick desea hablar con la señora Aelinne —informó Mela con su tono habitual, como si dijera “hay un paquete en la puerta” pero sabiendo que, en este caso, el paquete traía letras pequeñas y trampas escondidas.
Mi madre dejó el libro que estaba leyendo y se levantó con esa elegancia que hace que incluso un noble como Roderick parezca menos… noble. Yo la seguí por pura curiosidad (y porque Max decidió subirse a mi hombro como si fuéramos sherlock holmes y watson).
Roderick estaba en el vestíbulo, con esa sonrisa impecable que se siente como un apretón de manos cubierto de aceite.
—Señora Aelinne —saludó con una leve inclinación—. Un placer, como siempre.
—Señor Roderick —respondió mamá, devolviendo el gesto con la exactitud de quien mide el peso de cada palabra.
Yo me quedé un poco detrás, apoyado contra la pared, observando. Max inclinó la cabeza hacia un lado, evaluando a Roderick como si fuera un bicho interesante que aún no había decidido si morder o no.
—El motivo de mi visita —continuó Roderick— es que dentro de unos días asistiré a una fiesta en la capital, organizada por nuestros estimados amigos… los Notos. Me gustaría contar con su compañía como escolta, señora Aelinne.
Notos. El nombre resonó en mi cabeza como una campana que anuncia tormenta.
—Una fiesta, ¿eh? —respondió mamá, con un leve arqueo de ceja, como si no supiera de que estaba hablando —. ¿Y por qué requeriría escolta para algo tan… social?
Roderick sonrió como si esa pregunta fuera parte del guion.
—En estos tiempos, uno nunca es demasiado precavido. Además… —y aquí, como quien deja caer un anzuelo, me miró— me preguntaba si el joven Alerion había recibido ya su invitación.
No sé si fue reflejo o instinto, pero Max me dio un golpecito con la cola en el hombro, lo bastante sutil para que solo yo lo notara. Señal de alerta.
—Sí —respondí, devolviéndole la mirada sin pestañear—. De hecho, planeaba asistir.
No movió un músculo, pero su sonrisa se volvió apenas más afilada.
—Excelente. Entonces quizá podamos compartir viaje.
Mamá intercambió una breve mirada conmigo. No dijo nada, pero la tensión en sus hombros me indicó que ya estábamos pensando lo mismo: algo aquí olía mal.
La conversación se cerró con cortesías, promesas vagas y la garantía de que “nos pondríamos de acuerdo en los detalles”. Cuando Roderick se marchó, el silencio que dejó atrás era tan denso que hasta Max se quedó quieto.
—Madre… —dije finalmente—, eso fue sospechoso.
—Más que sospechoso —respondió, caminando hacia el salón—. Ese hombre nunca da un paso sin tener tres más planeados después.
—Max también lo sintió —añadí. El lagarto infló el pecho como si confirmara mi acusación.
Nos sentamos alrededor de la mesa y comenzamos a trazar el plan: vigilar la mansión de Roderick durante unos días para ver qué tramaba. No íbamos a esperar a que las cartas de los Notos decidieran nuestro destino.
Esa misma noche, Max y yo nos apostamos cerca de la esquina más oscura frente a la mansión. El frío se colaba por el cuello de mi abrigo, pero Max se acomodó como una bufanda viva, tibia y alerta.
No pasó mucho tiempo antes de que una figura encapuchada saliera por la puerta lateral. Su andar rápido y controlado no parecía el de un sirviente cualquiera. Mamá apareció a mi lado, tan silenciosa que casi me da un susto mortal.
—Lo seguimos —susurró.
Max asintió. No sé cómo lo hace, pero asiente.
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La figura encapuchada avanzaba con pasos rápidos pero calculados, como si contara cuántas baldosas pisaba. Mamá y yo lo seguimos por las sombras, Max deslizándose detrás como un gato reptiliano.
No era una noche especialmente oscura, pero las farolas del barrio de Roderick parecían tener una extraña coincidencia: justo en su trayecto, dos estaban apagadas. Un detalle que mamá notó al instante.
—Planeado —susurró, apenas moviendo los labios.
Doblaron una esquina y el tipo aceleró. Max dejó escapar un bufido bajo, una especie de “déjame a mí”. Y antes de que pudiera detenerlo, saltó desde mi hombro, aterrizó justo delante del encapuchado y abrió la boca mostrando sus pequeños pero intimidantes dientes.
El hombre se detuvo en seco, retrocedió un paso… y en ese instante mamá apareció a su espalda, sujetándolo del cuello con una llave que dejaba claro que no tenía escapatoria.
—Creo que hemos interrumpido un paseo nocturno muy importante —dije, acercándome.
—Yo… solo iba a entregar un mensaje… —intentó tartamudear, pero mamá le quitó la bolsa del hombro con un movimiento rápido.
Dentro había una carta sellada. El sello estaba marcado con un emblema que reconocí al instante: un halcón estilizado, el símbolo de los Notos.
Mamá rompió el sello sin siquiera preguntar. Leyó en voz baja:
> “Todo va bien. Seguiré el plan.”
No había firma, solo esas palabras.
El encapuchado trató de decir algo, pero Max se subió a su hombro y le dio un golpecito con la cola, como si le advirtiera que fuera sincero.
—¿Qué plan? —pregunté, con una calma que no sentía.
—Solo… solo sé que debo llevar la carta al territorio de los Notos. No me dicen más —respondió, la voz temblorosa.
Mamá y yo intercambiamos una mirada. Esto no era un simple mensaje amistoso; había algo más grande moviéndose.
—Vamos a confinarlo por ahora—dijo mamá al fin.
Yo asentí, aunque en mi cabeza ya estaba trazando el siguiente paso: esperar hasta el último día antes de la supuesta partida y fingir un accidente tan dramático que Roderick no tuviera excusa para llevarnos.
—Buen trabajo —le dije a Max, rascándole bajo el cuello.
Mamá sonrió apenas, de ese modo que no deja saber si está orgullosa… o si está planeando algo peor.
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La mañana del “gran accidente” empezó con mamá sacando vendas, tablillas de madera y un frasco de jarabe que olía como si hubiera sido creado para curar caballos… o matarlos.
—Esto no es solo un disfraz, hijo —dijo, ajustándome un vendaje en la cabeza con más fuerza de la necesaria—. Si quieres que Roderick se lo crea, hay que vender el papel.
Max, sentado sobre la cama, observaba todo con atención. Parecía medir cada nudo de venda, como si quisiera aprender la técnica para atarme él mismo en el futuro.
—¿Y yo qué hago? —pregunté, con una ceja levantada.
—Cojeas, te quejas… y, si es posible, haz un gemido dramático cuando lo veas —respondió mamá, completamente seria.
Luego vino su turno. Ella se dejó envolver el brazo con un cabestrillo y se tumbó en la cama de invitados, con una manta hasta la barbilla y una expresión de mártir que habría ganado un premio de teatro.
—¿Cuál es mi historia? —preguntó.
—Que te lancé un hechizo de fuego sin querer durante el entrenamiento —dije—. Tú intentabas enseñarme la técnica de santo del agua "flujo"… y yo fallé.
—Bien. Y tú estabas intentando esquivar una flecha imaginaria cuando te caíste por las escaleras — le dije a Max.
Max emitió un bufido que, juro, sonó como una carcajada.
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No tuvimos que esperar mucho. Roderick llegó al mediodía, acompañado de dos guardias y con su capa perfectamente colocada.
—Aelinne, Alerion… ¿están listos para…? —Su voz se cortó al entrar y vernos—. ¿Pero qué…?
—Un accidente terrible —dijo mamá, con un suspiro tan bien actuado que yo casi me lo creí—. Estábamos entrenando y… bueno, ya lo ve.
Yo me incorporé un poco, fingiendo dolor.
—No se preocupe por nosotros… usted vaya a su fiesta… yo… sobreviviré…
Roderick me miró como si intentara decidir si estaba hablando en serio o si me estaba burlando de él.
—No puedo llevarlos así —murmuró—. Es una pena.
—Sí… una pena —respondí, intentando no sonreír.
Max, como remate final, se acercó cojeando exageradamente, con una pata levantada, como si también hubiera participado en el desastre.
Roderick se pasó la mano por la cara y salió sin decir más, seguido por sus guardias.
Esperamos a que el sonido de los cascos desapareciera antes de romper en carcajadas. Mamá se quitó el cabestrillo de un tirón y yo me arranqué las vendas de la cabeza.
—Plan perfecto —dijo ella.
Max saltó sobre la mesa, robó una galleta y la mordió con satisfacción.
—Ahora —continuó mamá, mirándome—, es hora de llamar a los profesionales.
Yo sonreí. Sabía exactamente de quién hablaba: Thrain, Rauven y Syrrash.
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Reunirlos fue tan fácil como enviar un mensaje: “Trabajo delicado. Buena paga. Riesgo moderado-alto. Traer sus mejores juguetes. Atentamente Zakhal”
Esa misma noche, los tres estaban en la cocina de casa, comiendo galletas de Mela y discutiendo cómo llamar a la operación.
El problema fue que, al entrar, se quedaron tiesos al ver a mamá sentada en la mesa, con los brazos cruzados.
—…Capitana Aelinne —dijo Thrain, tragando saliva—. Esto no es una trampa, ¿verdad?
—Depende —respondió mamá, sin cambiar de expresión—. ¿Planean robarme algo esta noche?
—¡No! —saltó Rauven, ocultando discretamente un panecillo en el bolsillo.
—Yo no… probablemente —añadió Syrrash.
—Relájense —intervine—, es un trabajo para nosotros. Necesitamos entrar a la mansión de Roderick.
—Ajá —murmuró mamá—. Y supongo que por este tipo de cosas en los últimos tres años los he arrestado… ¿qué? ¿Siete veces?
—Ocho —corrigió Thrain, alzando un dedo—. La última vez por “incendio accidental”.
—Sin víctimas —añadió Rauven, como si eso mejorara algo.
Mamá suspiró y se sirvió té.
—Haremos esto rápido. Si se salen del plan, los arresto en el acto. Condena reducida por amistad con Zakhal… pero arresto al fin.
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La entrada
Llegamos a la mansión de Roderick pasada la medianoche. Max nos guiaba desde un tejado cercano, moviendo la cola para dar señales.
Thrain se agachó ante la puerta de servicio y, antes de tocar la cerradura, miró de reojo a mamá.
—¿Esto cuenta como “salir del plan”?
—Si lo haces en menos de diez segundos, no —respondió ella.
Fueron tres.
Dentro, la cocina estaba a oscuras y olía a pan recién hecho. Rauven intentó llevarse una hogaza, pero mamá le pegó un manotazo en el hombro sin siquiera mirarlo.
—No vine a hacer inventario de comida robada.
—Solo era… inspección de calidad —se defendió.
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En el despacho principal, Syrrash encontró un cajón con doble fondo. Dentro, varias cartas selladas con el emblema de los Notos y una lista de nombres subrayados, entre ellos Zakhal.
Thrain, mientras tanto, abrió una caja fuerte… para encontrar un álbum de retratos en el que Roderick posaba con distintos sombreros verdes. Muy serios todos.
—Esto… explica muchas cosas —dije, sin saber si reír o preocuparme.
—Es por esto que nunca dejo ninguna evidencia por escrito—susurró Syrrash.
Rauven, que había olfateado hasta llegar al establo, regresó con los ojos muy abiertos.
—No van a creer esto… La esposa de Roderick está durmiendo en el pajar… con el mozo de caballos.
Mamá parpadeó.
—…No está en la lista de prioridades, pero lo tendré en cuenta.
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Justo cuando guardábamos las cartas, escuchamos pasos en el pasillo.
—Plan de emergencia número tres —dijo Syrrash.
—¿Cuál era ese? —pregunté.
—Esconderse y culpar al más lento —contestó Thrain, mirando a Rauven.
Nos ocultamos como pudimos: yo y mamá detrás de un biombo, Thrain bajo el escritorio, Rauven encaramado en la lámpara como si fuera lo más natural del mundo.
Un guardia entró, bostezando, revisó por encima la sala… y salió sin notar que el enano le estaba mirando los zapatos a medio metro de distancia.
—Esto fue demasiado fácil —susurró Thrain.
—Shhh —hizo Syrrash—. No tientes a la suerte.
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Salimos por la misma puerta de servicio, Max bajó del tejado y me entregó en la boca una llave pequeña que no habíamos visto antes.
—¿De dónde sacaste esto? —pregunté.
Max parpadeó, inocente. Prefiero no saberlo.
De regreso en casa, mamá guardó las cartas de los Notos en un cofre y miró a los tres “profesionales”.
—Buen trabajo… esta vez.
—¿Eso significa que nuestras penas anteriores se reducen? —preguntó Thrain.
—No —respondió mamá, sonriendo apenas—. Significa que no las aumento.
Thrain, Rauven y Syrrash se miraron entre ellos, como si eso fuera ya una victoria.
