Capítulo 46
La mansión Boreas estaba irreconocible. Desde que amaneció, los pasillos eran un desfile constante de sirvientes cargando telas, bandejas, ramos de flores y cajas con copas delicadas. El olor a carne asada y especias salía de la cocina como si quisiera envolver toda la casa, y en el patio los músicos repetían una y otra vez los mismos compases hasta que sonaban perfectos.
Me quedé en la terraza un momento, taza de té en mano, mirando todo ese caos organizado. No podía decir que fuera mi ambiente natural… pero algo tenía de hipnótico ver a tanta gente moverse como piezas de un engranaje perfectamente aceitado.
Rudy y yo ya habíamos hecho nuestra parte esa mañana. Pasamos horas en el jardín trasero levantando esculturas de tierra y piedra para decorar la entrada. Bueno… Rudy hizo la mayor parte; yo me limité a supervisar y meter algunos detalles “artísticos” que consideraba imprescindibles, como un Sauros Boreas con una espada que le doblaba en tamaño y cara de “te voy a partir en dos”. Ghislaine pasó en ese momento y se rió, lo que consideré una victoria personal.
Mientras repasaba mentalmente la secuencia de fuegos controlados que habíamos diseñado, vi a un sirviente demasiado interesado en uno de los cohetes. En cuanto encendió una chispa, me lancé.
—¡Suéltalo! —lo arrebaté de sus manos justo a tiempo—. A menos que quieras que todos te llamen “Ceja Quemada” por el resto de tu vida, no vuelvas a tocar esto.
El pobre se fue casi trotando, murmurando disculpas.
Decidí que era hora de asegurar mi regalo. El brazalete estaba listo desde la noche anterior: oro fino, pequeñas piedras mágicas y un encantamiento para amplificar magia de fuego y proyectar una figura llameante de Ghislaine practicando movimientos de espada. Lo envolví con cuidado y se lo entregué a uno de los sirvientes de confianza.
—No lo abras, no lo muestres, y si alguien pregunta, di que es una corona de emergencia para Sauros.
Ahí fue cuando Ghislaine apareció, caminando como si estuviera inspeccionando un campo de batalla.
—Tú deberías ir pensando en tu traje —dijo sin rodeos—. Esto es una fiesta noble, no una reunión de aventureros.
—Tranquila, me vestiré bien… pero espera, acabo de tener una idea. —La miré de arriba abajo, evaluando mi genialidad recién nacida—. ¿Qué tal un traje de mayordomo para ti?
—…¿Qué?
—Piénsalo: chaqueta entallada, pantalón negro, camisa blanca, guantes… y el cabello recogido en coleta alta. Clase y autoridad en un solo paquete. Además, así ahuyentas a cualquier idiota que intente molestar a Eris.
No me dijo que sí de inmediato, pero tampoco me mandó al diablo. Un rato después, “por curiosidad”, se lo probó. Y yo… bueno, recé.
—Holy light… —junté las manos en una plegaria improvisada—. Dios, gracias por bendecir este día.
—¿Eso fue un rezo o una burla? —preguntó, ladeando la cabeza.
—Rezo. Y agradecimiento. No todos los días se ve un milagro.
Más tarde, encontré a Rudy y Eris en el salón de práctica. Rudy intentaba enseñarle el último paso de la coreografía mientras Eris fruncía el ceño cada vez que debía girar. Me apoyé contra la pared y lancé mi consejo magistral:
—Si sientes que vas a pisar a tu pareja, hazlo con seguridad y échale la culpa al otro.
—¡Eso no es así! —protestó Rudy.
Eris, sin embargo, soltó una risa y siguió practicando.
La víspera del cumpleaños estaba en marcha, y con cada minuto que pasaba, sentía más claro que el espectáculo de mañana no sería algo que olvidara fácilmente.
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Día de la fiesta.
El salón principal de la mansión Boreas parecía otro mundo. Candelabros encendidos, mesas rebosantes de platos que no sabía pronunciar y más nobles de los que me hubiera gustado encontrar en toda mi vida. El murmullo constante de conversaciones formales se mezclaba con la música de un conjunto de cuerdas, creando esa atmósfera que te hace sentir que cualquier paso en falso será recordado por generaciones.
Me moví entre la multitud intentando aparentar que estaba en mi elemento. No lo estaba. Por cada noble que me miraba con curiosidad —o descarada sospecha—, había otro que me sonreía como si quisiera venderme un caballo o casarme con su sobrina.
Entonces, las puertas se abrieron y entró Eris. Vestido rojo profundo, el cabello recogido, joyas discretas. Caminaba con paso firme, aunque sus manos tensas traicionaban lo incómoda que estaba. Philip Boreas iba a su lado, con esa media sonrisa de “sí, sé que mi hija está robando miradas y lo disfruto”.
La música cambió a un compás más animado y el primer baile empezó. Un niño noble —de esos que parecen haber nacido sabiendo cómo dar tres pasos, girar y sonreír sin despeinarse— la invitó. Eris aceptó, pero yo vi cómo sus hombros se tensaban en el primer giro. Estaba a punto de perder el ritmo, lo noté en su mirada… y actué.
Estornudé.
Pero no un estornudo discreto. Un explosivo, cargado de maná helado. Un bloque de hielo del tamaño de un perro apareció a mi lado, provocando un pequeño grito de una dama cercana.
—¡Perdón, perdón! —me agaché para “recoger” el hielo como si fuera lo más normal del mundo.
Eris me lanzó una mirada entre divertida y agradecida. La música se interrumpió apenas unos segundos, tiempo suficiente para que ella respirara y retomara con más confianza.
En el próximo baile Rudy tomó la inciativa de invitar a Eris. Rudy y Eris, me crucé de brazos y observé desde la distancia. Rudy parecía nervioso pero concentrado, y Eris… bueno, se notaba que confiaba en él. Me incliné hacia un noble que tenía cerca y murmuré:
—Si ese chico sobrevive a esto sin un pisotón, es oficialmente un maestro de la evasión.
El noble no entendió el chiste, pero sonrió por cortesía.
Entre un baile y otro, terminé atrapado por un grupo de damas nobles curiosas por “el joven mago de hielo”. No tuve corazón para negarme, ya me estaba aburriendo.
Llegó la hora de los regalos. Joyas, espadas ornamentales, ropas finas… lo habitual en este tipo de fiestas. Cuando me llamaron, avancé con la caja en manos y una sonrisa de satisfacción.
—Un pequeño detalle para la cumpleañera —dije, abriendo el estuche frente a todos. El brazalete brilló bajo la luz, y en cuanto inyecté un poco de maná, una figura llameante en miniatura de Ghislaine apareció, ejecutando una serie de cortes impecables.
Hubo un murmullo colectivo. Eris abrió los ojos como platos y, en un gesto completamente impropio para este ambiente, me abrazó.
—¡Es increíble! —susurró, con una sonrisa genuina.
Rudy fue el siguiente. Sacó un pequeño estuche de terciopelo y, al abrirlo, mostró un collar fino con una piedra azul incrustada. Explicó que tenía un encantamiento de viento leve, diseñado para aumentar ligeramente la velocidad de carrera. Nada exagerado, pero suficiente para que Eris pudiera moverse con más agilidad en combate... o para escapar de situaciones incómodas. Eris lo tomó con evidente entusiasmo y lo colocó de inmediato, probando un par de pasos como si ya sintiera el efecto.
En ese momento, entre las risas, las conversaciones y el calor de la sala, tuve claro que, por mucho que detestara las formalidades, había valido la pena estar aquí.
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La música seguía, pero después de horas de sonrisas, saludos y pasos medidos, el aire del salón se sentía denso. Yo necesitaba un respiro. Y, por la forma en que Eris y Rudy me miraron desde el otro extremo, supe que pensaban lo mismo.
Un par de señales discretas, una excusa sobre “necesitar aire fresco” y nos escabullimos al jardín trasero. No había guardias inmediatos, así que era el momento perfecto para la sorpresa que teníamos preparada.
—¿Listos? —pregunté, sacando el tubo que contenía nuestros fuegos de luz controlada.
—Siempre lo estoy —dijo Eris, con esa sonrisa que significa “probablemente acabemos corriendo después de esto”.
Rudy rodó los ojos, pero ya estaba posicionando sus hechizos de iluminación.
Los primeros estallidos fueron suaves, elegantes. Flores de luz roja y dorada que se abrían en silencio sobre nuestras cabezas. Eris las miraba fascinada… pero yo sabía que no estaba satisfecha.
—Están bonitos —dijo—, pero… ¿y si los hacemos de verdad?
Me crucé de brazos. —¿De verdad… o “versión Eris”?
—Versión Eris —intervino Rudy con un suspiro—. Esto va a acabar mal.
Cinco minutos después, estábamos los tres canalizando magia de fuego avanzada hacia el cielo. Las explosiones iluminaron no solo el jardín, sino medio distrito noble. El estruendo hizo vibrar las ventanas.
Un cohete improvisado salió disparado en un ángulo extraño y explotó cerca de la terraza lateral, haciendo que un noble derramara una copa entera de vino sobre otro. Las discusiones comenzaron de inmediato, pero desde donde estábamos… se veía cómico.
—Creo que ese era el Marqués de algo —comentó Rudy.
—El Marqués de “ahora tiene que lavar la alfombra” —añadí.
Las risas fueron inevitables. Y entre un destello y otro, escuchamos una carcajada mucho más fuerte y reconocible: Sauros Boreas, asomado a un balcón, gritando orgulloso sobre “el poder de la familia Boreas” mientras señalaba el cielo.
Eris levantó el puño con una sonrisa amplia. Rudy sonrió, resignado, y yo… bueno, me dejé llevar por el momento. En algún lugar del jardín, podía sentir la mirada atenta de Ghislaine, probablemente asegurándose de que no hiciéramos estallar media mansión.
Cuando el último destello se apagó, nos quedamos en silencio unos segundos, respirando el aire fresco de la noche. Tal vez era el cansancio, tal vez el hecho de que todo había salido bien… pero en ese instante, nada más importaba.
—En la próxima fiesta. —dije—, hacemos algo el doble de grande.
Rudy y Eris se miraron… y sonrieron.
