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Chapter 22 - capítulo 22

Capítulo 22

La mañana siguiente amaneció clara y fresca, con el olor a pan horneado filtrándose desde las cocinas hasta los pasillos de piedra de la mansión Boreas. Max ya estaba despierto, enroscado en mi hombro como si hubiera dormido toda la noche en posición de guardia.

Bajé al comedor y encontré una escena animada: Sauros ya estaba sentado, golpeando la mesa con la palma para marcar el ritmo de una canción que solo él parecía conocer; Hilda (madre de Eris), impecable en su postura, supervisaba con mirada afilada a los sirvientes; y Eris… bueno, Eris estaba de pie en su silla, gesticulando con entusiasmo mientras contaba algo.

—¡Y salió así, de mi mano, sin decir una sola palabra! —decía, imitando con las manos una llamarada enorme.

—Eris —la reprendió Hilda con un tono firme, aunque sin poder ocultar un leve orgullo—, siéntate.

Eris obedeció a medias, sentándose pero sin dejar de sonreír como si hubiera ganado un torneo.

—Magia sin canto… —murmuró Hilda, mirándola con atención—. ¿Dónde aprendiste eso?

Eris señaló con el dedo, sin un segundo de duda, directamente hacia mí.

—Alerion me lo enseñó.

Varias miradas se dirigieron hacia mí. Sauros soltó una carcajada.

—¡Este muchacho sigue dándome sorpresas!

Yo solo me encogí de hombros, procurando no hacer una escena.

—Fue una práctica controlada. Nada grave.

Hilda me evaluó por un momento más, como si estuviera decidiendo qué pensar, y luego asintió lentamente.

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Después del desayuno, Sauros se levantó con un golpe en la mesa que hizo saltar las copas.

—¡Ya que todos están tan entusiasmados, muevan el cuerpo! Ghislaine, lleva a estos 2 al patio. Quiero ver si esas manos saben algo más que lanzar chispas.

Ghislaine sonrió apenas, la clase de gesto que en ella significaba aprobación.

—Vamos.

Mi madre que estaba sentada junto a su jefe me dió un leve asentimiento. Parece que hoy me dejará socializar a mi antojo.

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Patio de entrenamiento

El sol de la mañana caía justo sobre el patio, iluminando las armas dispuestas en los soportes y el suelo de arena compacta. Ghislaine comenzó con ejercicios básicos: postura, desplazamiento, respiración. Movimientos simples pero que exigían control.

Yo me moví con soltura. No era la primera vez que entrenaba con alguien de un nivel superior; aunque ella estaba muy por encima, podía adaptarme. Mi cuerpo ya conocía las bases de los tres estilos de esgrima, y aunque todavía no alcanzaba el rango intermedio, sentía que no me faltaba mucho.

—Tienes buena base —comentó Ghislaine después de un par de cruces rápidos—. No te lanzas a lo loco.

—Supongo que lo heredé —dije, lanzando una mirada hacia donde mamá nos observaba desde las sombras junto con la familia de Eris.

Eris, en cambio, era un huracán. Iba de un ataque a otro con una energía incansable, pero sin un plan claro. Ghislaine corregía su postura cada pocos segundos, lo que provocaba que Eris frunciera el ceño… hasta que de pronto, en medio de un intercambio, lanzó una pequeña llama con la mano libre.

—¡Eso no estaba en el ejercicio! —dijo Ghislaine, apartándose un paso.

—Solo practicaba —respondió Eris, sonriendo con orgullo.

Un sirviente pasó corriendo con un cubo de agua, por si acaso. Yo suspiré.

—Otro día te enseñaré más magias básicas, pero por ahora concéntrate en la espada.

—Está bien… —respondió, aunque la chispa en sus ojos decía que no había olvidado el tema.

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La sesión continuó, pero el calor y la intensidad hicieron que el sudor nos cubriera la frente. Ghislaine, implacable, corregía cada error con la misma calma que un escultor corrige un bloque de piedra, y yo no podía evitar sentir que este entrenamiento iba a marcar un antes y un después en nuestra estadía aquí.

Tras casi media hora de ejercicios básicos, Ghislaine decidió que era momento de probar algo más serio. Me señaló con la punta de su espada.

—Cruza conmigo.

Acepté sin decir palabra. Me puse en guardia con una postura del Dios del Agua, baja y fluida, lista para adaptarse. Ella, en cambio, adoptó la postura vertical y agresiva del Dios del Filo.

El primer choque fue como enfrentar una tormenta. Su fuerza y velocidad eran superiores, pero cada vez que embestía, yo absorbía el impacto, desviando la trayectoria y manteniendo la distancia con pasos controlados. De vez en cuando, soltaba un pequeño destello de magia —una ráfaga de viento para desestabilizar, una chispa de fuego para forzar un retroceso— y volvía a mi posición.

—Eres calculador —comentó mientras nuestros filos se rozaban—. No buscas la victoria inmediata, sino el momento exacto.

—Si voy de frente, me aplastas —respondí, apartando su espada con un giro de muñeca.

Una sonrisa apenas visible cruzó su rostro.

—Podría enseñarte el estilo del Dios del Filo… pero creo que el del Dios del Agua te sienta mejor.

La idea se quedó flotando en mi mente. Un estilo híbrido… algo que combinara la precisión y defensa del Dios del Agua con la agresividad del Dios del Filo, y, por supuesto, magia.

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En un descanso, Ghislaine bebió un largo trago de agua antes de mirarme con una expresión más seria.

—Ayer… cuando tú y tu madre se presentaron dijeron que su apellido es Dragonroad.

Me giré hacia ella.

—¿La conoces?

—Lo he oído —respondió—. ¿Sabes de dónde viene tu apellido?

—Mi madre me dijo que era el apellido de mi abuela —contesté—. Ella fue esclava. Pero Aelinne no sabe el nombre de su madre, ni si está viva o muerta.

Ghislaine asintió lentamente, como archivando la información.

—Es un buen apellido.

No añadió nada más, y su tono indicaba que, por ahora, el tema estaba cerrado.

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Quizá para cambiar de atmósfera nos sentamos en un banco de madera y Gishlainenos contóalgunas de sus aventuras, luego cuando pregunté que le pasó luego de la disolución de su grupo, ella dijo:

—Cuando era aventurera solitaria… me fue mal. No sé leer. No sé escribir. Y no puedo usar magia.

Eris, que estaba bebiendo agua a mi lado, levantó la cabeza sorprendida.

—¿Ni siquiera la magia más básica?

—Nada —admitió Ghislaine sin vergüenza—. Sobreviví por fuerza y velocidad. Pero eso tiene un límite.

Era la primera vez que la escuchaba hablar así de sí misma. Me quedé pensando un momento antes de decir:

—Si quieren, puedo enseñarles algo de matemáticas. Lo básico, para la vida diaria.

Eris puso una cara de horror.

—¿Matemáticas? ¿Aquí?

—Sí. Algún día me iré a mi ciudad, y no quiero que me recuerden como el que solo enseñó a lanzar fuego sin cantar.

Eris frunció los labios, pero al final suspiró.

—Está bien… pero solo si después entrenamos con espadas.

—Trato hecho —respondí.

Ghislaine no dijo nada, pero vi en sus ojos un brillo extraño, como si apreciara el gesto más de lo que quería admitir.

La sesión de entrenamiento parecía llegar a su fin. El calor del mediodía caía sobre el patio y los sirvientes comenzaban a colocar bandejas con jarros de agua y fruta fresca en una mesa lateral.

Eris, sin embargo, no estaba lista para detenerse. Con una sonrisa traviesa, se plantó en medio del patio.

—Miren esto.

Levantó la mano, concentrándose. Yo reconocí el gesto y supe que iba a intentar su hechizo sin canto.

—Eris… —empecé a decir, pero ya era tarde.

Una llamarada brotó de su palma, mucho más grande que las chispas de ayer. La lengua de fuego pasó rozando un banco de madera cubierto con una manta, que se encendió al instante.

—¡Fuego! —gritó un sirviente, corriendo por un cubo de agua.

Yo reaccioné por instinto, conjurando una ráfaga de agua que apagó las llamas antes de que se extendieran. El vapor subió en una nube blanca, y el olor a tela quemada se quedó flotando en el aire.

Ghislaine cruzó el patio en tres zancadas, sus orejas felinas erguidas.

—¡Eso fue imprudente! —le dijo, con un tono que no admitía réplica.

Eris bajó la cabeza… aunque no por arrepentimiento, sino porque estaba conteniendo una sonrisa.

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Fue entonces cuando Philip y Sauros aparecieron desde el corredor.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó Philip, evaluando la escena con una mirada rápida.

—Yo… estaba practicando —dijo Eris, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Philip frunció el ceño, pero antes de que pudiera responder, Sauros soltó una carcajada.

—¡Tiene la sangre de los Boreas!

Philip suspiró, luego la miró con seriedad.

—Eris, debes controlarte. Pero… —y aquí su tono cambió— lo que hiciste no es poca cosa. Eres la segunda persona en todo el Reino de Ashura capaz de usar magia sin canto.

Eris abrió los ojos de par en par y luego sonrió con un orgullo que casi se podía palpar.

—Es obvio —dijo, señalándome con el pulgar—. Soy su mejor amiga. Y es natural que los mejores amigos compartan las cosas buenas.

La declaración me tomó por sorpresa. Ghislaine, detrás de ella, sonrió apenas. Sauros se rio otra vez, y Philip negó con la cabeza como si no supiera si esto era un logro o el inicio de más problemas.

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Cuando todo se calmó, Ghislaine se inclinó hacia mí mientras Eris seguía hablando con Sauros.

—Tienes trabajo extra con esa chica.

—Lo sé —respondí—. Pero no me aburro.

Y aunque no lo dije en voz alta, vi en eris al amigo que nunca tuve en este mundo.

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